Era el sitio mas bonito que yo vi en mi vida. Aunque la verdad, ya no estaba en mi vida. Que raro era pensarlo, y pensar que no vería mas a todos mis amigos, familiares, etc...De todas maneras, en mi vida nunca había hecho algo importante ni lo haría. La verdad es que era penosa. La adolescente soñadora y tímida que lo único que hacia era...escribir. Y eso no aumentaba la popularidad, ni te hacía mas guapa, ni mas provocativa...Eso solo te aumentaba en personalidad y sueños, cosa que en el mundo, ya no se ve. Y no ayuda nada de nada. Yo no me he podido quejar de mi popularidad, la verdad. Era mas bien alta, muy alta, cosa que nunca he logrado entender. Yo nunca he sido normal, ni siquiera en el cielo. Yo nunca he sido ese tipo de niña pija, tonta o interesadísima por el maquillaje o el novio. No, que va. Yo nunca fui ese tipo de adolescente ni lo seré nunca, y eso innumerables veces me deprimía, al no poder ser como las chicas de mi clase.
Como siempre, el gritito de Susanne me despertó de mi letargo, una vez más, emocionada por lo que veía. Era una amplia habitación, blanca y con tonos pastel.
-Sé que los ángeles no duermen, pero pueden descansar o deleitarse con la vista. Y todos merecen algo así-dijo Gabriel.
-Es...precioso-Logré articular yo.
-Descansad un poco y..pensad. Sé que lo necesitaréis. No es fácil adaptarse a estar muerto. Dentro de un rato arreglaos y pasaos por la gran casa. Esta noche hay una gran gala en vuestro honor.
-H-a-l-a-Dijo Susanne encantada.
Gabriel se fue, y nos quedamos solas en la enorme habitación. Hay que reconocer que era perfecta. Me senté en el tocador y me miré al espejo mientras me deshacía las trenzas que habían aparecido en mi pelo. Odiaba las trenzas, las coletas, las pinzas...me gustaba tener el pelo suelto y libre. Susanne ya estaba dando botes por la estancia entera, pensando qué se pondría para la gala. Yo en cambio, no sonreía. Es más, aparecieron varias lágrimas en mis mejillas, y es que esto no podía ser cierto. Yo soñaba, seguro.
-¡Claire! ¿Qué te pasa cariño?-Me preguntó alarmada.
-¿cómo puedes estar tan contenta, Susanne? ¿No te das cuenta de que hemos muerto y de que nunca volveremos a ver a nadie mas?¡A nadie!
-¿Y qué? Se reunirán con nosotras pronto, y además, esto no está tan mal. No estés triste, que me pongo yo triste. Ven, y vamos a elegir qué ponernos. ¡Si vieras cómo estás de guapa...! ¡Y yo de fea....! Hay personas que mejoran, pero también personas que empeoran...
Sonreí y la seguí, negando en señal de descontento. Susanne era preciosa. Estaba un poco rellenita, tenía el pelo negro, liso y brillante, y las mejillas sonrosadas y cuando sonreía siempre, se le formaban hoyuelos en las mejillas. Era adorable. Yo era más delgada y alta. Tenía el pelo castaño y ondulado que caía haciendo ondas por mi espalda. Los ojos verdes, y según mis amigas, tenía las piernas más bonitas que una adolescente pudiera desear, pero no era para tanto. Entre las dos, abrimos el armario y lo encontramos lleno de vestidos y conjuntos blancos. Se nos escapó un silbido de admiración. Ella escogió un vestido hasta los tobillos, blanco (como no), con unas perlas en el escote y unos zapatos de tacón pequeño. Yo un vestido hasta los tobillos también, ceñido y con unas bailarinas suaves y vaporosas. Las dos nos peinamos entre risas y codazos,(¿os suena?) Susanne escogió recogerse el pelo en un moño al lado decorado con una diadema. Yo, el pelo suelto y dos perlitas al lado.
Cogidas de la mano y con el corazón a cien, nos preparamos para bajar a donde nos esperaba una gran fiesta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario